martes, 31 de mayo de 2016

LA LITERATURA Y LA INFANCIA


Se supone que los docentes tenemos el trabajo de educar la infancia pero, este último concepto no es tan acabado y entendible como se piensa. Uno puede intentar comprender, desde el ahora y en retrospectiva, la infancia en los diferentes momentos históricos mas no fue hasta el modernismo que esta palabra cobró un significado real y comenzó su desarrollo casi en forma paralela a la de la escolarización. Según Baquero y Nadorowski, la infancia es una construcción de la modernidad que agrupa a este conjunto de individuos que deben obediencia, se encuentran en estado de dependencia y por sobretodo están en situación de ser educados, adoctrinados desde la pedagogía. Perla Zelmanovich da un paso al frente y mete el dedo en la llaga haciéndonos reflexionar sobre que este concepto, tan dado por hecho, no deja de ser un constructo social de un momento histórico determinado pero que está inacabado, incompleto y se tiene la necesidad y el deber ético de completar su institucionalización partiendo de acordar una definición para la misma.
Toda esta introducción se hace necesaria porque es difícil hablar de infancia en la literatura ya que es difícil hablar de infancia en sí misma. Pero, como la literatura no es otra cosa que una fuente cultural de la que se abreva y en la que se aclaran las dudas tal vez un paseo por ella nos haga comprenderla un poco mejor.
Partamos de acuerdos comunes. Iniciemos este planteo entendiendo que la infancia tiene que ver con los niños (por lo menos a priori). Si nosotros buscáramos en la historia de la literatura la presencia de los niños descubriríamos desde un ser sin alma, un hombre incompleto y bajo la sujeción de su dueño, al escolar de buenos modales que siempre está en constante aprendizaje.
Esto es así hasta que agarramos un libro de los años 1970 en donde de a poco la infancia deja de ser un estadío incompleto.  Con la revolución del amor viene la revolución del lenguaje y la literatura se da el permiso de presuponer que los pibes del barrio son mucho más que blancas palomitas a las que introducir mensajes de moral.
En nuestro país, puntualmente, María Elena Walsh y Javier Villafañe son altos exponentes de un movimiento que comienza a pensar en el niño como un ser con sentimientos e idioma propio. Al que la imaginación le estalla por los poros y el espíritu se le desarrolla más por lo mágico del juego cotidiano que por las moralejas de las fábulas de Esopo.
A estos autores les siguen las ocurrencias, las palabras inventadas, la imaginación ilimitada, las charlas de barrio y las exageraciones de muchos otros autores que enorgullecen el listado de escritores infantiles argentinos: Bornemann, Devetach, Wolf, Cinetto, Mariño, etc.
Y por estos días, ¿Cómo está la infancia?
Aún sin poder concluir un concepto inequívoco y armado de la misma, en la práctica la infancia ya está mutando y con ella los libros van presentando a los niños con otros ojos. Si antes era incompleta ahora es desdibujada. Si antes se mostraba moralizante desde lo “normal” ahora osa traspasar el marco de “la cultura aceptada”  para mostrar otras culturas, que también tienen niños y que también tienen infancias.
Les propongo la lectura de dos libros que pueden encontrar en las colecciones del aula:
En “Un sembrado de estrellas”, García Basterra  nos muestra a Manuela. Una infancia con un universo propio que muestra la realidad de una niñez llena de ausencias.
En “Li Mìn, una niña de Chimel”, Rigoberta Menchu nos muestra una infancia construida desde el otro como fuente de sabiduría, construida desde el respeto, pero ese que es mutuo porque viene de valorar y valorarse. Una infancia que permite desde el recuerdo el empoderamiento de las raíces y así, del nombre propio, de aquello que nos constituye.

Estas otras caras permiten nuevas miradas y pensamientos que debieran sacar a flote una vez más la necesidad de institucionalizar y definir a la infancia. También son necesarias porque son reales, porque son actuales pero sobretodo porque no se alcanza la adultez si antes la infancia no nos hace piecito.

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