Se supone que los docentes tenemos el trabajo
de educar la infancia pero, este último concepto no es tan acabado y entendible
como se piensa. Uno puede intentar comprender, desde el ahora y en
retrospectiva, la infancia en los diferentes momentos históricos mas no fue
hasta el modernismo que esta palabra cobró un significado real y comenzó su
desarrollo casi en forma paralela a la de la escolarización. Según Baquero y
Nadorowski, la infancia es una construcción de la modernidad que agrupa a este
conjunto de individuos que deben obediencia, se encuentran en estado de
dependencia y por sobretodo están en situación de ser educados, adoctrinados
desde la pedagogía. Perla Zelmanovich da un paso al frente y mete el dedo en la
llaga haciéndonos reflexionar sobre que este concepto, tan dado por hecho, no
deja de ser un constructo social de un momento histórico determinado pero que
está inacabado, incompleto y se tiene la necesidad y el deber ético de
completar su institucionalización partiendo de acordar una definición para la
misma.
Toda esta introducción se hace necesaria porque
es difícil hablar de infancia en la literatura ya que es difícil hablar de
infancia en sí misma. Pero, como la literatura no es otra cosa que una fuente
cultural de la que se abreva y en la que se aclaran las dudas tal vez un paseo
por ella nos haga comprenderla un poco mejor.
Partamos de acuerdos comunes. Iniciemos este
planteo entendiendo que la infancia tiene que ver con los niños
(por lo menos a priori). Si nosotros buscáramos en la historia de la literatura
la presencia de los niños descubriríamos desde un ser sin alma, un hombre incompleto
y bajo la sujeción de su dueño, al escolar de buenos modales que siempre está en
constante aprendizaje.
Esto es así hasta que agarramos un libro de los
años 1970 en donde de a poco la infancia deja de ser un estadío incompleto. Con la revolución del amor viene
la revolución del lenguaje y la literatura se da el permiso de presuponer que
los pibes del barrio son mucho más que blancas palomitas a las que introducir
mensajes de moral.
En nuestro país, puntualmente, María Elena Walsh
y Javier Villafañe son altos exponentes de un movimiento que comienza a pensar
en el niño como un ser con sentimientos e idioma propio. Al que la imaginación
le estalla por los poros y el espíritu se le desarrolla más por lo mágico del
juego cotidiano que por las moralejas de las fábulas de Esopo.
A estos autores les siguen las ocurrencias, las
palabras inventadas, la imaginación ilimitada, las charlas de barrio y las
exageraciones de muchos otros autores que enorgullecen el listado de escritores
infantiles argentinos: Bornemann, Devetach, Wolf, Cinetto, Mariño, etc.
Y por estos días, ¿Cómo está la infancia?
Aún sin poder concluir un concepto inequívoco y
armado de la misma, en la práctica la infancia ya está mutando y con ella los
libros van presentando a los niños con otros ojos. Si antes era
incompleta ahora es desdibujada. Si antes se mostraba moralizante desde lo “normal”
ahora osa traspasar el marco de “la cultura aceptada” para mostrar otras culturas, que también tienen
niños y que también tienen infancias.
Les propongo la lectura de dos libros que
pueden encontrar en las colecciones del aula:
En “Un sembrado de estrellas”, García Basterra nos muestra a Manuela. Una infancia con un
universo propio que muestra la realidad de una niñez llena de ausencias.
En “Li Mìn, una niña de Chimel”, Rigoberta
Menchu nos muestra una infancia construida desde el otro como fuente de sabiduría, construida desde el respeto, pero ese que es mutuo
porque viene de valorar y valorarse. Una infancia que permite desde el recuerdo
el empoderamiento de las raíces y así, del nombre propio, de aquello que nos
constituye.
Estas otras caras permiten nuevas miradas y
pensamientos que debieran sacar a flote una vez más la necesidad de
institucionalizar y definir a la infancia. También son necesarias porque son
reales, porque son actuales pero sobretodo porque no se alcanza la adultez si
antes la infancia no nos hace piecito.
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